La Camisa Blanca: historia de un estilo

Un recorrido por la historia de la CAMISA BLANCA. Hoy es un héroe minimalista en una época de aceleración constante, pero la camisa blanca tiene un largo pasado, caleidoscópico y con muchos estilos…

El Arte De La Camisa Blanca (*)

La camisa blanca tiene una estilística historia que abarca siglos. Hoy es un héroe minimalista en una época de aceleración constante, pero la camisa blanca es un artefacto material con un pasado caleidoscópico. Njål profundiza en su contexto cultural, sondeando sus códigos habituales de la moda y de género, y su significado histórico y político. ¿Por qué nunca nada reemplaza la camisa blanca clásica?

Es uno de los looks más inexplicablemente icónicos de la cultura popular. Una camisa blanca ligeramente arrugada, con mangas arremangadas, fue suficiente para Mia Wallace (Pulp Fiction > Tarantino, 1994) para transmitir un impenetrable sentido de despreocupación.

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Ella era la esposa enigmática, aburrido y químicamente dependiente… Sin embargo, su postura, el estilo rígido, el bob elegante y la mirada inexpresiva, exuda una simplicidad especial que no dudamos tiene así Uma Thurman (o la diseñadora de vestuario). Esta opción de vestuario es poderosamente hoy un símbolo estilístico de 1990: la masculinidad camisa blanca.

En Mia Wallace la seducción es tenue, pero no la confianza de una mujer fumando un cigarrillo que se siente cómoda en su propia piel.

Ya en 1975, Patti Smith se queda mirando adelante con una mirada frágil, vestida con una camisa blanca arrugada mientras posa para el fotógrafo Robert Mapplethorpe, para la portada de su aclamada LP titulado Caballos. Aunque, obviamente, una imagen perfectamente planificada, su fusión sin complicaciones de la luz natural y la vestimenta básica destaca en medio de la estética saturada de la industria de la música de 1970, y su inclinación por la visualidad en exceso.

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Patti Smith 1975 by Robert Mapplethorpe 1946-1989

Estos son dos ejemplos contemporáneos donde se confunden los códigos habituales de la moda, el sexo, la música, y donde la camisa blanca se destaca como un cursor estilístico clave en la navegación de los estratos sociales. Ambos evocan una idea de la camisa blanca como un lienzo en blanco: un agente astral en el que cualquier historia puede ser contada, todo sueño soñado…

Hoy en día, la camisa blanca sabe su propio significado estilístico, pero esto no fue siempre el caso.

De hecho, a lo largo de la década de 1800, la camisa blanca estaba resignada a los sudorosos confines de *prenda interior*. En sus más antiguas encarnaciones a lo largo de la antigüedad, predecesores de la camisa blanca se pueden encontrar en forma de un egipcio de Kalahari, la túnica griega y el manicata túnica romana. Curiosamente, a través de estos períodos de la historia, la camisa seguía siendo una prenda unisex.

Con el tiempo, las adaptaciones más familiares de la camisa blanca emergieron: largos, cuellos, puños pero aún así permaneció oculta debajo de chalecos y chaquetas. En el siglo 18, tanto hombres como mujeres se pusieron la camiseta blanca, que se convirtió en un símbolo sartorial y distintiva de una posición social y riqueza. Incluso a lo largo de la historia, la blancura de la camisa denota la riqueza, la probidad y la respetabilidad. Como era de esperar así, la adición de acentos preciosos y detalles decadentes como adornos de encaje y los tipos más lujosas de algodón comenzaron a aparecer.

Sin embargo, tal frivolidad era por lo general reservada a los escalones más altos de la sociedad, pero la quijotesca María Antonieta rompió el molde en 1779, cuando se puso el ‘chemise à la reine“. Aunque sigue siendo una prenda de ropa interior, aquel vestido de algodón tan sencillo de la reina francesa, con volantes mínimos está muy cerca de la concepción moderna de la camisa blanca como un guardián del minimalismo; favoreciendo las leyes de la simplicidad estética.

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Hoy, en el contexto contemporáneo, constantemente observamos el deseo de la moda a retirarse a las bases primordiales periódicamente y más especialmente en tiempos de crisis. … La industria de la moda está deambulando una recesión global, y no es de extrañar entonces que la camisa blanca se ha etiquetado como “el último elemento básico de vestuario“, como Elle la llamó en 2014.

El estatus de culto del camisa blanca sirve como razón para entender las maquinaciones de su cachet. ¿Es un signo de mayor retorno de la moda hacia el conservadurismo? ¿O es un acto de rebelión de la moda … que en los últimos tiempos se caracteriza por una aceleración constante y conceptual al vanguardismo? ¿Por qué una prenda mantiene un valor tan complejo, y … que la historia rehace su simbología?

La camisa blanca hoy es incesantemente sentimentalizada y teatralizada, en especial en el contexto de la moda, no obstante sus connotaciones históricas más recientes están asociadas con la mano de obra y de la industrialización moderna del siglo 20. Decires como ‘cuello blanco’ se emplean coloquialmente aún hoy en día con el fin de diferenciar los trabajos clericales de los trabajadores industriales que usan ‘camisas de cuello azul’ …  Ambos términos están firmemente arraigados en nuestra lengua cultural y definen claramente las clases sociales.

Así como la guerra mundial librada en el siglo 20, la camisa se convirtió en un icono de la emancipación de la mujer, cuando el empleo femenino se convirtió en un lugar común y el guardarropa de la mujer trabajadora se resume en la blusa como la contraparte femenina de la camisa. Sin embargo, la camisa blanca en su encarnación más masculina, fue siendo adoptada cada vez más por las mujeres. Esto se dio gracias a la representación de Hollywood desde la década de 1920, donde estrellas como Katherine Hepburn lanzaron la silueta masculina, a partir de una estructurada una camisa blanca, almidonada, evocando la bohemia y, a su vez, un independiente espíritu de la feminidad.

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Hasta aquí, muchos ejemplos en la historia. Todos ellos sirven para mostrar el grado en que una pieza de ropa cultiva y cautiva una sociedad, y de cómo la camisa blanca es contemporánea con la industrialización intensiva, la burocratización y la evolución cultural del mundo occidental.

Parecería que la camisa blanca es una de las pocas prendas que ignora las reglas sartoriales prescritas por género. No deja caer los códigos convencionales de la feminidad y el glamour en su capacidad de ser, a la vez, tanto seductora como totalmente estéril de la sexualidad. Es una prenda universal, usada tanto una chica de tapa como por un filósofo francés, en ambos casos con dejo masculino por igual.

¿Cuándo comenzó exactamente esta elasticidad, tanto para la seducción como para la democratización?

En 1961, Marilyn Monroe demuestra la capacidad de la camisa blanca de expulsar a su atractivo andrógino y cómodamente unirse a los cánones de la ropa altamente sexualizada y glamour femenino. En el set de Misfits, junto a John Huston y en el medio oeste americano -un entorno casi exclusivamente masculino- la llena de curvas de Marilyn, que era ya un icono de la feminidad y sexualidad para los estadounidenses, luce una sencilla camisa blanca con pantalones vaqueros y así inmortaliza un conjunto sartorial, que sigue siendo atemporal aún hoy.

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Sin embargo, hay un iconoclasta de la moda cuya afinidad por la camisa blanca no conoce límites. Rei Kawakubo, de Comme Des Garçons, es la primera diseñadora en aprovechar la frescura andrógina de la camisa blanca. Fue en la década de 1980 que en colaboración con el fotógrafo alemán Peter Lindbergh, realiza su más amplia propuesta estilística dedicada a los anti-sistema y a movimientos de subcultura juveniles del momento. Basada en una investigación estética que resulta perdurable, Kawakubo recodifica la moda masculina y femenina y presenta u propia línea “Comme des Garçons Shirts”. Quizás, ella misma haya sido quién dio el galardón “fashion” máximo a la camisa blanca, cuando en una entrevista le preguntan -“¿Si usted podría haber inventado una prenda, cuál sería y por qué?”- a lo que, obviamente, Kawakubo sin rodeos respondió -“la camisa blanca!!”-.

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Estos hitos culturales afirman a la camisa blanca como una representación, como el interrogatorio y como el mapa estético de la sociedad occidental y la cultura en sus innumerables manifestaciones. Estos hitos ejemplifican por qué sigue siendo reconstruida, reelaborada por los contemporáneos de la moda hoy. Desde Acne Studios a Alexander Wang y todo el conjunto de talentos emergentes diseñadores … están constantemente experimentando el ajuste clásico de la camisa blanca, revisando las proporciones… de gran tamaño o ceñidas a las curvas… o recortadas…

 

Alguna vez el color blanco puro de la tela de la camisa cumplió ideales masculinos de austeridad decidida. Alguna vez sólo personas de la prosperidad sustancial podían permitirse el lujo de tener sus camisas lavadas con frecuencia y tener suficiente cantidad de ellas. La encarnación moderna de la camisa blanca podría ser uno de los elementos más democráticos en la moda. Porque… Hoy en día, la camisa blanca es igualmente un signo de responsabilidad corporativa como un símbolo de vestir sartorial así como también un estilo que implica cierto estado de aislamiento.

No se trata de usar un solo color pero si es esencial tomarse el tiempo para descubrir las posibilidades creativas de estricta índole estética que una camisa aporta. Es un lienzo en blanco y con un sinfín de posibilidades. Imaginen texturas, consideren diferentes cortes, analicen la colocación meticulosa de las costuras y también quizás algunos detalles olvidados o recalcados con delicadeza. Todo en tonos bajos, silenciosos, …  tonos blancos que permitan la camisa blanca tener la personalidad del mismo portador. Hay libertad en las limitaciones y siempre es el momento para deleitarse.

 


LINKS DE INTERÉS

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(*) KAM DHILLON

The Art Of The White Shirt
//www.notjustalabel.com/editorial/the-art-of-the-white-shirt

The white shirt boasts a stylistic story spanning centuries. It’s our minimalist hero in an era of constant acceleration, but the white shirt is a material artefact with a kaleidoscopic past. NJAL delves deep into its cultural context, probing its habitual codes of fashion and gender, and its historical and political significance. Why has nothing ever come close to superseding the classic white shirt?

It’s one of popular culture’s most inexplicably iconic looks. A slightly crumpled white shirt with its sleeves rolled up just enough for Mia Wallace to effortlessly dangle a cigarette with an impenetrable sense of nonchalance. In Tarantino’s cult classic Pulp Fiction (1994), Mia Wallace is the enigmatic, bored, and chemically dependent wife to Ving Rhames’ kingpin, Marsellus Wallace. Yet, her posture, stark styling, sleek bob and dead-pan stare exudes a special simplicity that’s anchored by Uma Thurman’s (or her costume designer’s) choice to powerfully co-opt a stylistic symbol of 1990s masculinity—the white shirt.

Seduction here is subdued, replaced by the confidence of a woman smoking a cigarette who is comfortable in her own skin. Back in 1975, Patti Smith stares ahead with a fragile gaze, wearing a creased white shirt as she poses for photographer Robert Mapplethorpe, for the cover of her acclaimed LP titled Horses. Though obviously a perfectly posed image, its uncomplicated amalgamation of natural light and basic attire stands out amidst the saturated aesthetic milieu of a 1970s music industry, and its penchant for overzealous visuality.

These are both contemporary examples where the habitual codes of fashion, gender, music are confused, and where the white shirt stands out as a key stylistic cursor in navigating social strata. They both evoke an idea of the white shirt as a blank canvas: an astral agent on which any story can be told, any dreams dreamt, and any course crafted. Today, the white shirt knows its own stylistic significance, but this wasn’t always the case.

In fact, throughout the 1800s, the statement white shirt was resigned to the sweaty, sartorial confines of the undergarment. In its more ancient incarnations throughout antiquity, predecessors of the white shirt can be found in the form of an Egyptian Kalahari’s, the Greek chiton, and the Roman tunica manicata. Interestingly enough, across these periods of history, the shirt remained a unisex undergarment.

Over time, more familiar adaptions of the white shirt emerged as the shirt lengthened along the arms and the neck to create collars and cuffs, yet still remained hidden underneath waistcoats and jackets. In the 18th century, both men and women donned the white shirt, where it became a distinct sartorial symbol of social standing and wealth. Even throughout earlier pockets of history, the shirt’s whiteness denoted wealth, probity, and respectability. Predictably so, the addition of precious accents and decadent details like lace trims, and more luxurious types of cotton began to appear.

However, such frivolity was usually the reserves of the upper echelons of society, but the quixotic Marie Antoinette broke the mould in 1779, when she donned the ‘chemise à la reine’. Though still an undergarment, the French Queen’s simple cotton dress with minimal ruffles is a lot closer to the modern conception of the white shirt as a gatekeeper of minimalism; favouring the laws of aesthetic simplicity.

In a contemporary context, we constantly observe fashion’s desire to retreat to primal basics periodically and more especially in times of crisis. More recently, the fashion industry is limping from a global recession, and it is no surprise then that the white shirt has been labelled “the ultimate wardrobe staple”, as Elle dubbed it in 2014. The white shirt’s cult status serves as reason to understand the machinations of its cachet. Is it a sign of fashion’s wider return to conservatism? Or is it an act of rebellion where fashion in recent memory is typified by constant acceleration and conceptual avant-gardism? Why does such a chaste garment hold such complex value, and what history does its current symbology rework?

Though the white shirt today is incessantly sentimentalised and theatricalised, especially in the context of fashion, its more recent historic connotations are associated with labour and the modern industrialisation of the 20th century. Take the phrase ‘white collar’, which is colloquially employed even today, in order to differentiate clerical works from industrial workers wearing ‘blue collar shirts.’ Both terms are firmly embedded in our cultural language and clearly define social classes.

As war waged in the early 20th century, the shirt became an icon of women’s emancipation when female employment became commonplace and the working woman’s wardrobe was epitomised by the shirt’s feminine counterpart—the blouse. Yet the white shirt in its more masculine incarnation became increasingly adopted by women too (mostly thanks to Hollywood’s representation of it from the 1920s), where stars like Katherine Hepburn throwing on the masculine, structured silhouette of a crisp white shirt evokes the bohemian and independent spirit of womanhood. These all serve as examples to show the extent to which a piece of clothing cultivates a society, and how the white shirt is contemporary with the intensive industrialisation, bureaucratisation and cultural evolution of the Western world.

It seems the white shirt is one of the few garments to ignore the sartorial rules prescribed by gender while still indulging conventional codes of femininity and glamour in its ability to be both seductive and totally barren of sexuality at once. It is a universal garment, worn by both the tantalising screen siren and dusty, male French philosopher alike. Yet, where exactly does its elasticity for both allurement and democratisation begin?

In 1961, Marilyn Monroe demonstrates the white shirt’s ability to expel its androgynous appeal and comfortably join the cannon of highly sexualised apparel and feminine glamour. On the set of John Huston’s Misfits—a film set in the American Midwest and in an almost exclusively male environment, a full-figured Monroe, and an icon of American femininity and sexuality pairs a simple white shirt with jeans, immortalising a sartorial ensemble, which remains timeless today.

However, there is one fashion iconoclast in particular whose affinity for the white shirt knows no bounds. Rei Kawakubo, the first lady of fashion and founder of Comme Des Garçons first tapped into the androgynous cool of the white shirt in the 1980s, and it can be traced back to her earlier collaborations with German photographer Peter Lindbergh, and its wider stylistic appropriation by the anti-establishment and youth subculture movements at the time. Kawakubo’s enduring aesthetic investigation to recode masculine and feminine fashion now commands its own shirting-specific line called Comme Des Garçons Shirts. Perhaps the white shirt’s most seminal “fashion” accolade to date came in one of Kawakubo’s rarely given interviews with fashion industry journal Women’s Wear Daily (WWD). WWD asked the sartorial sorceress, “If you could have invented one garment, what it would be, and why? Obviously, Kawakubo bluntly responded with, “the plain white shirt.”

These cultural milestones affirm the white shirt as a representation, interrogation and aesthetic map of Western society and culture in its myriad manifestations. They exemplify why it continues to be reconstructed, reworked and read by fashion’s contemporaries today. From Acne Studios to Alexander Wang this season, and even NJAL’s set of emerging talent—designers are constantly experimenting with the white shirt’s classic fit by adjusting proportions from oversized or cinched to curved and cropped.

Where once the pure white colour of the shirt cloth fulfilled masculine ideals of resolute austerity, and only a person of substantial prosperity could afford to have their shirts washed frequently and to own enough of them to wear, the modern incarnation of the white shirt might be one of the most democratic items in fashion. Today, the white shirt is equally a sign of corporate responsibility, as it is a sartorial symbol of slowing down, and distilling style to a solitary state. It’s less about wearing one colour but taking the time to discover the creative possibilities of strict, aesthetic restriction. It is a blank canvas, with endless possibilities. Think surface textures, considered cuts, the meticulous placement of seams and its overlooked details of delicacy. All rendered in a muted, white hue that allows the white shirt take on the personality of the wearer. There is freedom in limitation and it’s time to revel.

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